Receta para asfixiar a las familias. David Bollero.

03/11/2017

 

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El Gobierno de España, gran defensor del sistema neoliberal que nos asola, lleva años cocinando un plato que inexplicablemente seguimos tragando. Sin embargo y como dicen l@s niñ@s, cada vez “se nos hace más bola”; da igual el agua que bebamos, que se nos atraganta hasta el punto de que a much@s nos produce arcadas. Desde el inicio de la crisis en 2008, la desigualdad de renta en España ha crecido un 20 más que el promedio europeo. De hecho, lideramos el ránking de desigualdad en la Unión Europea, sólo por detrás de Chipre.

El modelo de empresario, Amancio Ortega (Inditex), ese del que presumen nuestros gobernantes, ingresará hoy en dividendos el equivalente a lo que ganan juntos 27.000 trabajador@s en un año. Es un ejemplo perfecto que ilustra a la perfección las conclusiones del informe El dinero que no ves. Paraísos fiscales y desigualdad, de Oxfam Intermón.

La ONG revela cómo las políticas llevadas a cabo por este Gobierno que tanto dice velar por nuestro bienestar han propiciado que las familias sean el verdadero sustento del Estado en lugar de las empresas. A pesar de ello, el sistema es tan cruel que quienes más aportamos a las arcas del Estado somos a quienes más se nos han recortado los ingresos, con una reforma laboral generadora de precariedad y miseria. Por contra, para quienes menos aportan -las empresas-, se ha propiciado un escenario para que amasen más fortunas.

No se trata ésta de una pataleta antisistema, sino que los datos que aporta Oxfam Intermón son demoledores: mientras que el esfuerzo fiscal de las familias se sitúa ya en el 83,29%, el de las empreas únicamente es del 11,64%, gracias a la rebaja por ejemplo, en el impuesto de sociedades. Esta crisis estafa ha sido la excusa perfecta para asfixiar a las familias a la vista de que en 2007, la carga fiscal soportada por éstas era del 73,88% y la de las empresas del 22,34%.

Así las cosas, parece más que evidente quién se aprieta realmente el cinturón: mientras la ciudadanía, incluso con empleo, vive en la pobreza y, a pesar de ello, incrementa lo que tributa al Estado, la aportación empresarial se ha rebajado a la mitad. ¿Tiene eso algún sentido más allá de que somos tratados como ganado, como trabajador@s en una suerte de granja intensiva a los que cada vez se recortan más derechos labores y más libertades civiles?

Por si esto no fuera poco, sólo entre 2015 y 2016, las inversiones españolas en paraísos fiscales se ha multiplicado por cuatro, sin que desde el Gobierno se haga absolutamente nada para evitarlo. ¿De veras es tan importante como nos han querido hacer ver que una empresa traslade su sede social si su aportación y su elusión de impuestos es masiva? Uno de cada cuatro euros está siendo desviado a estos paraísos donde en la mayoría de los casos no se tributa. Desde 2007, la recaudación del impuesto de sociedades ha caído en 23.000 millones de euros -sólo harían falta 12.000 para garantizar una renta básica a quien lo necesita-, es decir, la mitad.

¿Cuánto más vamos a seguir tragando? ¿Cuándo nos levantaremos y plantaremos cara a un sistema que en lugar de mejorar nuestra calidad de vida mantiene una estructura para exprimirnos aún más? ¿Cuándo se darán cuenta de que los antisistemas no berreamos sin más, sino que damos bofetadas de realidad con datos incontestables? A mí hace tiempo que se me acabó el agua y no trago, más bien escupo… ¿y a usted?

http://blogs.publico.es/david-bollero/2017/11/02/oxfam-intermon/

 

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Víctor Arrogante: ¿Golpe de Estado?

02/11/2017

Franco y la Iglesia

Quienes vienen acusando a Puigdemont de golpista, se olvidan de la historia de España. Los siglos XIX y XX han sido prolijos en levantamientos militares. ¡Por España, todo por España!; pero bien sabemos que la mayoría de ellos se han ejecutado por mantenerse en el trono, seguir ostentando el poder o conseguirlo. Los golpes de estado han conllevado una guerra, enfrentamiento armado o una dictadura. Ninguno se ha dado para favorecer el bienestar ciudadano.
El último golpe conocido en España, se dio un 23 de febrero, hace 36 años. Antes, en 1978, se había descubierto un plan golpista bajo el nombre de Operación Galaxia. Se había recuperado la democracia, aun sintiendo que el espíritu de Franco seguía vivo y el aparato de la dictadura intacto. Los fieles al «régimen» no podían permitir que se otorgase la soberanía al pueblo, que se legalizara a los partidos políticos, se desmontara el estado totalitario y se reconociese el derecho al autogobierno de nacionalidades y regiones. Ahora, estos mismos, vuelven a la calle con banderas, gritando por la unidad y acusando de golpistas a quienes utilizan las urnas para decidir.
La extrema derecha, que nunca se ha ido, «está cómoda con el discurso oficial sobre Cataluña» y se siente respaldada por el Gobierno en la confrontación. Los golpistas están en la derecha reaccionaria, entroncada en el Partido Popular desde siempre; hasta han impedido una declaración de condena del Congreso a las agresiones ultraderechistas en Valencia, promovida por Compromís y apoyada por el resto de fuerzas en la cámara.
Desde el Gobierno equiparan el 1-O por la república Catalana, con un golpe de Estado. El propio Mariano Rajoy en el Senado, vinculó la intentona del Gobierno catalán con «las peores dictaduras». Rafael Hernando, no ha descartado que puedan producirse detenciones, por los «fuertes delitos» cometidos en Catalunya y «un golpe de Estado». Los que critican el nacionalismo catalán celebran el nacionalismo español. El problema es que no todos queremos la misma España. Algunos no nos sentimos orgullosos de ser español es la acctual. No me siento orgulloso por los CIE, por la pasividad ante los asesinatos machistas, por cómo la pobreza se lleva por delante tantas vidas y la banca practica la usura legalizada; y por la corrupción política que nos ha saqueado.
«No somos unos delincuentes, no somos unos locos, ni unos golpistas», dijo el president Puigdemont. Las demandas catalanas siempre se han expresado pacíficamente a partir de mayorías obtenidas en las urnas, «que han dicho sí a la independencia». Esto no se parece nada a un golpe de Estado. Han sido las urnas las que han hablado. Es cierto que el 1-O fue una consulta sin garantías, pero no un «referéndum ilegal». La política debería hacer posible lo que parece imposible.
Repasemos la historia de España y conoceremos como han sido los verdaderos golpes de Estado. Durante los siglos XIX y XX, se produjeron cerca de doscientos pronunciamientos o golpes de estado, encaminados a cambiar por la fuerza a reyes, presidentes del gobierno y regímenes políticos; España y sus pronunciamientos militares para salvar a la Nación, a la Patria o al Rey. El Motín de la Granja (1836), la Vicalvarada (1854), la Gloriosa (1868), golpe de Pavía (1874), El primer golpe militar del siglo XX, lo ejecutó Primo de Rivera en 1923. En 1930 la Sublevación de Jaca; en 1932 la Sanjurjada; en 1936 el golpe fascista contra la República, que provocó la Guerra y establecimiento de la dictadura. En 1939, el golpe de Casado y en 1981 el 23-F.
Un Golpe de Estado es una «Actuación violenta y rápida, generalmente por fuerzas militares o rebeldes, por la que un grupo determinado se apodera o intenta apoderarse de los resortes del gobierno de un Estado, desplazando a las autoridades existentes». El origen de la expresión coup d’État, procede del París de siglo XVIII, cuando el Rey organizaba motines contra el Estado, para refrendar su poder, autoridad y deshacerse de sus enemigos. En el siglo XIX fueron otros los estamentos y poderes del estado quienes comenzaron a atentar contra su legitimidad.
La Guerra de la Independencia comenzó por un golpe de Estado. Napoleón intentó romper la sucesión monárquica de los Borbones, para colocar a su hermano José en el trono. Con el Pacto de Bayona consiguió que Carlos IV abdicara en su hijo Fernando VII y que éste entregara la corona de España a Napoleón. Fernando quedó cautivo en Francia. El 2 de mayo de 1808, el pueblo se levantó contra el francés y tras seis años de guerra, Bonaparte decidió restaurar la monarquía borbónica. Los Borbones han estado siempre cerca de los golpes de Estado.
El reinado de Isabel II (que comienza tras la muerte de Fernando VII en 1833 y terminó con el triunfo de la Revolución de 1868), se caracterizó por la lucha entre moderados y progresistas, que nunca llegaron a ponerse de acuerdo, entre golpes y contragolpes. La Revolución de 1868, la Gloriosa, había comenzado por una sublevación militar, que supuso el destronamiento y exilio de la reina. Comenzaba el Sexenio Democrático, que fue un intento de establecer un régimen político democrático. Primero en forma de monarquía parlamentaria, durante el reinado de Amadeo I de Saboya (1871-1873), y después en forma de república (la Primera República 1873-1874). Ninguna de las fórmulas dio resultado y otro golpe de Estado hizo su aparición.
En 1874 se produjo el golpe del general Pavía, que al frente de un grupo de Guardias Civiles, asaltó el Congreso, disolvió el Gobierno, dando por finalizada la Primera República. El 1 de diciembre de 1874, el príncipe en el exilio Alfonso de Borbón, firma el manifiesto de Sandhurst, en el que mostraba su disposición para convertirse en rey y partidario de una monarquía parlamentaria. Dos días después de la publicación del manifiesto en España, el general Martínez Campos realizó un levantamiento militar en Sagunto, proclamando Rey de España a Alfonso XII. Cánovas del Castillo asumió la regencia a la espera del rey, lo que supuso el nacimiento de la Restauración borbónica.
En 1923, el Capitán General de Cataluña Miguel Primo de Rivera, dio un golpe de Estado. La incapacidad del rey Alfonso XIII, que apoyó el golpe, y la impopular Guerra de Marruecos −con el desastre de Annual−, fueron el caldo de cultivo. Suspendió la Constitución y se constituyó como uno de los primeros regímenes autoritarios de Europa. Con el paso del tiempo llegó el descontento en las filas del Ejército por las arbitrariedades del dictador. El deterioro económico y el descontento social, acrecentaron la oposición a la dictadura, hasta que el 28 de enero de 1930, Primo de Rivera dimitió, siendo sustituido por el general Berenguer y su Dictablanda. En 1930, ante la inestabilidad política y social, en Jaca, se produjo una sublevación contra la monarquía. Un año después, tras la celebración de unas elecciones municipales, las fuerzas republicanas ganaron en las grandes ciudades y el Rey abdicó, abandonando España; proclamándose la Segunda República.
Durante la guerra provocada por el golpe de Estado de 1936 (remito a mis artículos sobre el tema), se dio otro golpe. El 6 de marzo de 1939, el coronel Segismundo Casado, con el apoyo de sectores de todos los partidos y sindicatos a excepción del Partido Comunista, ejecutó un golpe de Estado contra el presidente Negrín, partidario de continuar la guerra, con la esperanza de que el conflicto se internacionalizara tras la invasión de Checoslovaquia por Hitler y ganar tiempo para evacuar y exiliar con garantía a la población republicana. Casado pretendía negociar con Franco la rendición, pero Franco venció sin haber aceptado ni una sola de las condiciones de Casado.
A pesar de la importancia histórica que se le ha querido dar al golpe de Estado del 23-F, todavía hay muchos puntos oscuros sobre sus inspiradores, la preparación y su ejecución. Todo parece que fue una farsa para favorecer la aceptación de Juan Carlos de Borbón como rey y «consolidar la democracia». En el famoso discurso de la noche, que tanta popularidad le dio, hizo un llamamiento a no alterar el orden constitucional. Años después, su heredero por la gracia de la monarquía, dijo algo parecido, sin que las circunstancias sean las mismas ni que en Catalunya se haya dado un golpe de Estado.
El Estado de las Autonomías, fue la solución consensuada en 1978 para superar el «España, unidad de destino en lo universal» y salvar la situación creada durante la República en Catalunya, Euskadi y Galicia. La derecha reaccionaria en el gobierno, pretende dar una respuesta utilizando el Código Penal y medidas de excepción, en lugar de permitir que el pueblo hable. Ahora, Pedro Sánchez anuncia un acuerdo con Rajoy para iniciar la reforma de la Constitución, cuando lo que es necesario es abrir un proceso constituyente por la República y convocar el referéndum que Suárez reconoció que no convocó sobre la monarquía por miedo a perderlo.
El desarrollo del estado autonómico, que supuestamente hacía peligrar la unidad de España, se paralizó durante unos años tras el golpe de Estado del 23-F, que sin triunfar consiguió alguno de sus objetivos. Hoy, sin estar en la misma situación, algunos califican la consulta del 1-O de golpe de Estado y no solo desde el PP. El ex ministro Corcuera ha asegurado que desde hace mucho tiempo los independentistas catalanes «están tratando de dar un golpe de Estado». Por el contrario, El Pleno de Ayuntamiento de Barcelona entiende que la escalada represiva del Estado español contra el pueblo catalán y el Govern y ante la posible suspensión de la autonomía y de los derechos civiles y políticos, califica de «golpe de Estado encubierto» la respuesta del Gobierno al 1-O. Ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario. Parece que no saben o no quieren reconocer lo que ha sido y lo que es un verdadero golpe de estado.
El Estado está en crisis y no va a resolverse con la reforma de la Constitución como han pactado Rajoy y Sánchez. El último discurso de Felipe de Borbón, puso en evidencia que no representó a la monarquía Parlamentaria, sino a la monarquía anterior a 1978. El sistema político configurado en la Transición, tiene los días contados, al haber puesto por delante el principio monárquico, que el principio de legitimación democrática. Hay que abrir un proceso constituyente, que desemboque en un referéndum sobre la monarquía; aunque ya oigo voces acusando de golpismo la iniciativa.
Víctor Arrogante
 
En Twitter @caval100

El “procés” nos divide, pues claro. Por Suso de Toro

26/10/2017

La conducta del Estado guiado por el partido de Rajoy y sus dos partidos lacayos tiene la radicalidad que una política inmoral. Es una política franquista, y el franquismo era un régimen inmoral.

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Es cierto, el “procés” causa división entre la gente, ahora no puedo conversar tranquilamente con tantas personas como antes. Me incomoda oír a alguien justificando que la Policía le pegue a personas pacíficas que quieren votar, incluso me incomoda que sin justificarlo directamente introduzcan sus “peros”, sus objeciones sobre el comportamiento o las ideas de esas personas agredidas. Me incomoda que se obvie que hay personas presas por sus ideas políticas democráticas y que se le niegue esa condición de presos políticos, como si estuviesen presos por robar a ahorradores o cobrar sobres de dinero negro. Me incomoda que alguien justifique lo que el Estado español le hace a la población catalana, incluso a esa parte de la población que justifica lo que el Estado le hace.

Me incomoda y me afecta profundamente porque no es una diferencia política sin más que pueda conciliar, creo que la conducta del Estado guiado por el partido de Rajoy y sus dos partidos lacayos tiene la radicalidad que una política inmoral. Es una política franquista, y el franquismo era un régimen inmoral.

Prohibir, perseguir y atacar con violencia a votantes, encerrar a ciudadanos pacíficos, multar a políticos elegidos democráticamente, volver a decretar estado de excepción, pretender secuestrar policialmente radios y televisiones que no son de su agrado y todo lo demás que puedan hacer es franquismo. Lo reconozco perfectamente, el mismo lenguaje de ese poder y sus esbirros, de la Policía franquista y los gobernadores civiles: “encerrados los promotores de las revueltas separatistas”, “el desafío independentista”, “desmantelado el núcleo duro del referéndum”, “incautadas papeletas”… Y lo repiten casi unánimemente los medios de comunicación llamados “nacionales” y las cadenas de televisión, también llamadas “nacionales”. Ya no hablo de las banderas rojo y gualda, los colores de la rama española de la casa de Borbón.

¿Qué ha ocurrido en los últimos años, meses? Circula la formulación de que el nacionalismo catalán “despertó” al nacionalismo español. No lo creo, eso estuvo siempre ahí, esas personas o sus padres estaban ya ahí, el patrioterismo españolista estuvo siempre ahí, lo que ocurre es que ahora se vio desafiado y, además, del modo que no puede soportar: democráticamente. Porque el movimiento civil catalán nacido tras la campaña de Rajoy con firmas y recurso al “Estatut” es impecablemente democrático a los ojos del mundo y de cualquiera que lo vea con distancia. Lo que hizo el “procés” fue desnudarlo, obligarlo a mostrase como es, a mostrarse como son: autoritario, militarista, obscenamente rancio y antidemocrático. No se trataba de si los catalanes optaban por una u otra opción, se trataba de la libertad, de la democracia. Se trataba de que esa ciudadanía pudiese ejercer la democracia y, cuando los demás tuviésemos su mismo coraje, cualquiera.

Tengo que remitirme a una posición completamente olvidada, y ahí está la clave de lo que está ocurriendo, el antifranquismo. Desde el punto de vista del antifranquismo lo que está ocurriendo es intolerable. Los antifranquistas sabían que un militante contra el Régimen de la organización que fuese y en el lugar que fuese era “de los nuestros”, daba igual si era comunista de una organización u otra, si era catalanista, vasquista o lo que fuese. Y si caía en Bilbao, en Sevilla o en Barcelona o en Vigo, era “de los nuestros”. El único modo de explicarme que el PSOE esté apoyando esta política franquista junto con los franquistas declarados es simple, no era “de los nuestros”. El PSOE no estuvo contra Franco, había unos ancianos socialistas en el exilio y dentro aún no habían aparecido la generación de arribistas que durante años aceptamos con mayor o menor convencimiento que eran de izquierdas y no sé cuantas cosas más.

Sólo quien no estuvo contra el franquismo puede ahora apoyar al franquismo. Sólo quien no estuvo contra el franquismo puede cogobernar con quienes amenazan con ilegalizar partidos que defienden democráticamente una independencia, como están haciendo. De hecho, ya han ilegalizado a más de la mitad de la población adulta catalana. Naturalmente lo hacen como se hizo eso siempre, remitiéndose a las leyes vigentes. No es novedad.

En todo caso, lo que padecemos ahora es la culminación de un proceso histórico, la restauración de la monarquía borbónica tras la muerte de Franco. La unanimidad de todos los poderes, empezando por ese rey que resultó más franquista que su padre, los económicos, los del estado y su artillería mediática demuestra que, efectivamente, se trata de un régimen. Un régimen que mantiene atrapada a la mayor parte de la población que asume el discurso autoritario que le hacen tragar las empresas de comunicación del IBEX y unos políticos que, a pesar de su edad relativamente joven, repiten la ideología y la cultura franquista.

El Reino de España no es un estado democrático, los márgenes que tuviese de democracia están siendo liquidados en estos cinco últimos años. La reforma de la justicia, la ley Mordaza, la ocupación de los cargos del poder judicial por parte del PP…, eliminaron cualquier independencia de la Justicia. La Justicia en España es un arma del poder ejecutivo, está al servicio de Rajoy. Igual que el sistema de medios de comunicación. Por eso son tan importantes los lugares que se le resistan, medios como éste, o una radio y televisión catalanas que, digan lo que digan, mantienen una disidencia al discurso monolítico del Estado.

La disidencia, las opiniones libres sólo se pueden expresar en lugares como éste, los medios del poder sólo expresan aquellas opiniones que toleran. Lo que decía aquí hace unos meses sobre literatura, novelas como “Patria”, es lo mismo para las opiniones. Los medios de comunicación en España son armas para someter y conducir las opiniones y las conductas. Se fue expulsando y apartando de la vida pública las voces que no encajaban y finalmente se ha llegado a un yermo total. El “procés” también ha mostrado el envejecimiento de las generaciones que protagonizaron y se acomodaron a esta etapa histórica. La complicidad de estas voces con el statu quo, las mínimas disidencias, las mínimas expresiones de solidaridad con una ciudadanía ejemplar que pretendía ejercer la democracia hizo que los intelectuales y artistas españoles no merezcan respeto alguno en Catalunya y quien fuera de allí quiera verlos podrá ver sus “retratos de Dorian Grey”.

Es cierto, el “procés” nos separa y nos divide. Particularmente no quiero estar unido a quienes practican, justifican con argumentos o con chistes o con ironías volver a vivir el franquismo. Y si llegaron aquí me dirán que es un balance muy negativo y cosas así, contesto: no lo es, es la realidad. La realidad es la que escribí aquí hace un par de semanas, que no hubo ruptura con el franquismo y sí su continuidad. Y aún más, particularmente creo que, visto lo visto estos días, no tiene remedio. España, concretamente el Reino de España , es un proyecto fallido y lamento haber gastado alguna energía en pretender reformarlo. Siento no ser de más utilidad. Salud.

Fuente:

http://www.eldiario.es/zonacritica/proces-divide-claro_6_699990008.html


LOS SOCIALISTAS Y EL REY, POR RUTH TOLEDANO

26/10/2017

La crisis de Catalunya era la ocasión, y Felipe la desaprovechó. Hasta tal punto que en el futuro podremos identificarla con una crisis de la institución que llegue a suponer (ojalá) su disolución.

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El ultranacionalista español Mariano Rajoy no habría podido dar su golpe de estado en Catalunya si no hubiera contado con el rotundo apoyo del rey Felipe VI y del socialista Pedro Sánchez. Que la Casa Real y el PSOE hayan sido cómplices necesarios del ataque a la democracia perpetrado por el Partido Popular es una buena noticia: al borbón acabará por costarle la corona y a la formación que fue obrera le costará la poca credibilidad que le quedaba. Ganamos todas.

Felipe VI dispuso de la primera gran ocasión para legitimar, de algún modo, su existencia en la jerarquía del Estado. Por decirlo en plebeyo: para haber hecho algo medianamente útil. Podría haber llamado a la calma, al diálogo y a la conciliación, al entendimiento, a la mediación. Aunque viniendo de él fueran palabras huecas, a nadie le habría sorprendido, al corresponderse con la naturaleza de la institución que representa. Y él habría quedado como una autoridad, en cierto modo, respetable en la bondad de los términos. Porque en el relato oficialista de esta monarquía parlamentaria, su padre, Juan Carlos de Borbón, había conseguido vender la moto de garante de la democracia, gracias a aquel turbio 23-F que le dio crédito para dedicarse después a pleno rendimiento a sus disparos, sus corridas de toros, sus juergas, sus devaneos sexuales, sus amigos delincuentes y sus porcentajes en los grandes negocios. Hasta aquella noche en que tuvo un traspiés que le obligó a humillarse ante su plebe, pidiéndole perdón. Felipe heredó el puesto de papá, puesto que para entonces, y gracias a la inestimable ayuda de su hermana Cristina, su cuñado Urdangarín y una esposa del pueblo incapaz de acercarlo al pueblo, ya vivía horas de franca desafección. Y Felipe no había tenido un 23-F que, al menos en el relato oficialista, lo legitimara.

La crisis de Catalunya era la ocasión, y Felipe la desaprovechó. Hasta tal punto que en el futuro podremos identificarla con una crisis de la institución que llegue a suponer (ojalá) su disolución. Puede que pasen muchos años, si la ciudadanía claudica al autoritarismo españolista y a las falacias constitucionalistas, pero es razonable pensar que este sea el principio de su fin. Es lo principal que está pasando en Catalunya, donde la palabra república se está repitiendo tanto que la Corona lo ha interpretado como una cuestión de vida o muerte. Sumándose al estado de excepción sobre una parte del territorio al que dice representar, el borbón (nervioso, inverosímil, con una seriedad agobiada) ha escogido su propia vida frente a la vida democrática del estado del que es jefe. Una jefatura esa deslegitimada desde su cuna franquista, deslegitimada por los abusos de la familia y definitivamente deslegitimada por el craso error ahora cometido. Tiempo al tiempo.

El rey le ha hecho el trabajito a Rajoy. Pero no estaba solo. En la recepción del pasado 12 de octubre en el Palacio Real para celebrar el genocidio español en América, la sumisión de la nutrida delegación socialista produjo una auténtica vergüenza ajena y auguró lo por venir. Aquí está: el Partido Socialista Obrero Español dando su consentimiento al golpe de estado legalista que está dando el Partido Popular en Catalunya; dando su consentimiento a la suspensión de su autonomía, a que el Gobierno de Rajoy asuma todas las competencias en un territorio donde su propia representación política es residual, a la intervención de sus medios de comunicación públicos, a la humillación de todo el pueblo catalán, independentista o no. Lo más bochornoso de los socialistas de Pedro Sánchez es que ni siquiera habrían tenido que hacerlo, que habrían podido lavarse unas manos que esperemos no acaben manchadas con lo peor. Pues el PP tiene mayoría absoluta en el Senado y no necesitaba de su apoyo para poner en marcha su maquinaria de fuerza. Se puede decir que el PSOE no ha actuado así por necesidad sino por vicio. Y que en el pecado lleva la penitencia.

Porque ¿perdonará el electorado socialista esta nueva traición? ¿Olvidarán las bases socialistas las mentiras que alzaron a Sánchez con la secretaría general? ¿Pasarán por alto que su partido se haya arrimado cobardemente al matonismo del PP y Ciudadanos? ¿Se tragarán el baboseo palaciego? Es posible que sí, visto lo visto: en 2011, un viernes por la tarde de pleno mes de agosto, el entonces presidente Zapatero, también mano a mano con Rajoy, modificó el artículo 135 de la sacrosanta Constitución española, vendiendo a bancos y acreedores el futuro de la ciudadanía. Una traición imperdonable. Parecía que no se podía caer más bajo, pero el fondo de la deslealtad es infinito. Tratan de cubrirse las espaldas con el escudo de la Constitución, pero el apoyo a la aplicación del artículo 155 deja con el culo al aire su dignidad política.

Si empecé diciendo que lo considero una buena noticia es porque confío en que sus vicios pasen factura al PSOE y pierda la inmerecida confianza de su electorado. Porque hace falta, lo vemos ahora más que nunca, una izquierda real y una ciudadanía movilizada, que combatan el avance dictatorial de la derecha y haga tambalearse de una vez por todas ese trono que se le ha alineado.

El Diario


EL REY FELIPE DEBERÍA ABDICAR PARA RESOLVER LA CRISIS CONSTITUCIONAL DE ESPAÑA. JOSE BUSCAGLIA.

24/10/2017

ABDICACION

Los acontecimientos recientes apuntan a la posibilidad de que Cataluña, una de las regiones más prósperas de España, pueda declarar su independencia en las próximas semanas.

Este sería un escenario peligroso para España, donde las regiones con problemas similares con el gobierno central en Madrid, principalmente la nación vasca, pronto podrían seguir su ejemplo, dejando al país significativamente disminuido si no roto irreparablemente como un Estado-nación viable.

Las perspectivas de una separación exitosa de Cataluña de España plantea desafíos a casi todos los principales países de Europa donde, tanto dentro de la UE como más allá, hay más de ochenta movimientos separatistas grandes y pequeños.

Sin duda, la ruptura del primer estado-nación moderno occidental que emergería en 1492 unida bajo una corona y una religión, y la decimocuarta economía más grande en el mundo de hoy, tendría graves repercusiones en todo el mundo.

Claramente hay aspectos del nacionalismo que responden a nuestros instintos tribales primarios como primates y también a emociones que desafían a la razón. En el caso catalán, sin embargo, el creciente número de personas que se han unido al movimiento independentista en los últimos años es inversamente proporcional al socavamiento sistemático de las libertades catalanas por parte del gobierno central en Madrid en las últimas dos décadas.

En 2005, el parlamento catalán aprobó un proyecto de ley territorial que reconocía a Cataluña como una nación distinta bajo el Estado español, dándole un mayor control fiscal sobre su economía. Ese proyecto de ley fue desestimado por el Tribunal Constitucional de Madrid.

Lo que sucedió después fueron solicitudes sucesivas del gobierno de Barcelona para que Madrid aceptara una votación abierta sobre la cuestión de si Cataluña quedaba en España o se independizaba. A día de hoy, Madrid se ha negado a participar en esa conversación obligando a los catalanes a celebrar varios plebiscitos sobre la cuestión.

Este 1 de octubre, a pesar de una gran ofensiva y el tipo de brutalidad policial que no se había visto en España desde los días de la dictadura franquista (1939-1975), el 43 por ciento de los votantes elegibles acudieron a las urnas y el 90 por ciento de los votantes elegibles. ellos votaron por la independencia.

El gobierno central calificó de ilegal el voto e inconstitucional advirtiendo a Barcelona de que no toleraría una “declaración unilateral de independencia”.

La terminología empleada por Madrid no tiene sentido. ¿Cuándo una declaración de independencia ha sido algo más que unilateral?

Enfrentado a un problema que podría llevar a la desintegración del país, el actual primer ministro conservador, Mariano Rajoy, ha respondido con la típica actitud quijotesca española, apareciendo totalmente indiferente frente a la inminente perdición.

Él atendería la pregunta catalana la próxima semana, dijo, siempre que pudiera encontrar algo de tiempo. La próxima semana es ahora y el jefe del parlamento catalán, Charles Puigdemont, acaba de declarar que Cataluña se está moviendo inequívocamente hacia la independencia en respuesta a los resultados del referéndum del 1 de octubre. Les ha pedido a sus patrocinadores que le den a Madrid una última oportunidad para llegar a la mesa de negociaciones.

Rajoy respondió amenazando con tomar el control del gobierno en Cataluña y su jefe adjunto ya está insinuando la posibilidad de enviar al ejército.

Al igual que Rajoy, los otros dos líderes de los principales partidos políticos en Madrid parecen igualmente reacios a sentarse a la mesa. Pedro Sánchez, jefe del Partido Socialista liberal, sobresale al hablar extensamente sin decir mucho. A su izquierda, Pablo Iglesias, líder del partido Podemos, simplemente piensa en la cuestión catalana como una forma de desestabilizar al gobierno en preparación para un golpe de estado.

Mientras tanto, en Barcelona, ​​la coalición gobernante proindependentista está compuesta por un puñado de estrategas astutos. Su coalición es también un movimiento nacional verdaderamente viable en el sentido de que incorpora a todos los sectores de la sociedad, desde los conservadores pro negocios, pasando por la coalición republicana de izquierda hasta los radicales antisistema y las principales instituciones de la sociedad civil.

Tras la votación del 1 de octubre, el rey Felipe VI hizo una aparición excepcional en la televisión nacional. Hizo un llamamiento al gobierno catalán para que volviera a la legalidad constitucional y no se disculpó por la campaña terrorista lanzada por la policía nacional. Tampoco dirigió sus temas catalanes en su propio idioma.

En ese momento, Felipe dejó de ser el rey de todos los españoles. A medida que las relaciones entre Madrid y Barcelona sigan deteriorándose, haría bien en considerar hacer el último sacrificio para salvar a su país de sí mismo.

Mantener a Cataluña en España sacando a España de Cataluña está por lo tanto directamente relacionado con hacer de Felipe un ciudadano regular del país como todos los demás. Su abdicación llevaría a la proclamación de la Tercera República Española, a nuevos gobiernos en Madrid y Barcelona, ​​y a una asamblea constituyente que podría resultar en la creación de un estado federal multinacional donde andaluces, vascos, canarios, castellanos, catalanes y otros podrían reconciliarse con su pasado mientras buscan reclamar y remodelar la vieja noción de las muchas Españas, o Las Españas .

Cualquier otra alternativa en este punto parece no conducir a otra cosa que despedirse de España.

El Dr. José Buscaglia es la Cátedra de Culturas, Sociedades y Estudios Globales en Northeastern University.

Fuente:

http://www.newsweek.com/king-felipe-should-abdicate-solve-spains-constitutional-crisis-689346


LAS RAÍCES FRANQUISTAS DE LA CORRUPCIÓN MILITAR, POR MANUEL RUIZ ROBLES*

23/10/2017

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Introducción

A fin de intentar abordar este sucinto análisis de forma rigurosa, es conveniente aclarar que la corrupción en el Ejército no queda circunscrita al ámbito castrense, sino que es consecuencia directa de una trayectoria de la monarquía española y de sus aliados, al menos desde comienzos del siglo XIX hasta nuestros días.

Concepto de corrupción, según la Real Academia Española (RAE)

4. f. En las organizacionesespecialmente en las públicaspráctica consistente en la utilización de las funciones medios de aquellas en provechoeconómico o de otra índolede sus gestores.

La RAE no define, pues, la extensa corrupción que se ha diseminado deliberadamente entre las capas populares, limitándola a las organizaciones públicas o privadas. Un hecho análogo al protagonizado por las cloacas del Régimen, que diseminaron drogas entre la juventud, a comienzos de la Transición; no solo en Euskadi.

La Transición

Durante la Transición, iniciada en 1975 tras la muerte del dictador -aunque gestada en los años 60 bajo el pretexto de la “reconciliación nacional”- se produce un hecho de corrupción política de enorme trascendencia histórica, de carácter cívico-militar, tras las “elecciones libres” del quince de junio de 1977.

Fue la llamada Ley de Amnistía, en realidad una auto-amnistía de los crímenes de la dictadura, aprobada por las Cortes el 14 de octubre de 1977.

Aquella evidente traición de lesa patria, gestada por las direcciones de algunos partidos de la oposición al franquismo, que se pasaron con armas y bagajes al bando monárquico-franquista, sigue impune.

Un hecho gravísimo que condicionó la redacción de la Constitución de 1978, bajo la irresistible presión del rey y sus conmilitones: unos generales que se vanagloriaban de la victoria militar nazi-fascista sobre el pueblo español.

La corrupción fue la base material sobre la que se sustentó y desarrolló la dictadura, haciendo posible una Transición irregular. La preconstitucional Ley de Amnistía sigue siendo un pilar fundamental para la pervivencia de la monarquía, que encarna el rey. Su aprobación, por unas Cortes derivadas de la reforma franquista, forzó desequilibrios fundamentales en los cimientos del nuevo Estado, cuyas trágicas consecuencias estamos viviendo con gran ansiedad en estos días.

La Constitución del 78 del siglo pasado sigue aún vigente, pese a que ni si quiera el rey Felipe VI ya la respeta, como quedó de manifiesto en su discurso a la nación en la noche del pasado 3 de octubre. Su redacción ambigua y confusa constituye un lastre letal que nos arrastra hacia el abismo.

Su pretendida reforma es inviable sin el acuerdo de la facción franquista presente en la Cortes. Es, por tanto, una pretensión absurda que no puede constituir una salida democrática a los graves problemas a los que se enfrentan los pueblos, los trabajadores y las capas populares de nuestra patria.

No es una Constitución producto de un pacto democrático en libertad, que hubiese consistido en la proclamación de la República y formación de un gobierno provisional que hubiese convocado elecciones libres a Cortes constituyentes, sino de un acto de corrupción política de dimensiones históricas.

La corrupción cívico-militar

Esta corrupción institucional hace que una parte de la población vea como normal la “gran corrupción”, como es el caso de la Gürtel, que implica una trama de intereses urdida por un partido fundado por un ministro de Franco, el PP, al que la Fiscalía mantiene su acusación por su relación con dicha trama.

La corrupción sistémica de “altos vuelos” no queda limitada al PP y a grandes empresas, sino que alcanza a otros partidos e instituciones que protagonizaron la Transición. Todo este complejo entramado ha sido impulsado por el poder de la oligarquía financiera y terrateniente, con la implicación de la Casa Real, y ha calado en una parte significativa de la sociedad, incluidas sus Fuerzas Armadas (FAS).

La auto amnistía fiscal, decretada por un gobierno del PP, de bienes y capitales situados en paraísos fiscales opacos, es una prueba más de un sistema profundamente corrompido desde sus raíces, procedentes de la dictadura.

Entre las prácticas corruptas de menor cuantía, ampliamente difundidas y en parte toleradas, están, por citar algunas, la evasión del IVA mediante pagos en efectivo, la evasión de impuestos en la compraventa de viviendas mediante los pagos en “B”, contratos precarios no declarados, etc.

Esta forma de corrupción ha contribuido en gran medida a generar una “economía sumergida” que alcanza en nuestro país la astronómica cifra de 18,6 del PIB, es decir en torno a 190.000 millones de euros, existiendo una alta correlación entre corrupción y economía sumergida.

Epílogo

El ex ministro de industria del PSOE, Carlos Solchaga, afirmaba que «España es el país del mundo donde más rápido se puede hacer uno rico»; omitió sin embargo decir que mediante operaciones fraudulentas que implicaban a altos cargos e instituciones del Estado, muchas de las cuales acabaron en los juzgados, incluidas las impulsadas desde sus más altas instituciones.

La Transición se fundamentó en una operación política de gran calado, que solo pudo ser implementada por la traición de algunos destacados dirigentes políticos a los intereses del pueblo, a los que decían representar. Fue una maniobra fraudulenta impuesta por el rey Juan Carlos I, sucesor de Franco, que con contó con la complicidad necesaria de estos, afianzando así la continuidad del Reino de España, decretada por la dictadura.

Esta apropiación indebida y corrupta de la soberanía popular, manu militari, ha hecho posible esta cárcel de pueblos que es el Estado borbónico, hoy sumido en una profunda crisis de incierto desenlace.

La monarquía es incompatible con los derechos sociales y las libertades de los pueblos. Sin embargo, la secesión pacífica de Catalunya, en el actual contexto internacional, es inviable. Abogamos por una salida democrática a la grave crisis del Estado monárquico, que no puede ser otra que una república de pueblos libres, unidos voluntariamente en una federación o confederación ibérica. Una república que acabe con esta ciénaga de corrupción y de recortes de derechos sociales, que tienen al borde de la indigencia a más de cuatro millones de personas.

Notas:

Entre los libros que recomendamos, para consulta de los lectores interesados en conocer la corrupción militar y sus raíces, están los siguientes.

– La forja de un rebelde, por Arturo Barea (publicado en el exilio en 1943)

– El testamento de la Liga Santa, por Enriqueta de la Cruz (publicado en 2006)

– El libro negro del Ejército español, por Luis Gonzalo Segura, denunciante de corrupción militar, que aporta datos concretos actuales, con nombres y apellidos, (publicado en octubre de 2017).

*Manuel Ruiz Robles, capitán de navío de la Armada (R), portavoz del colectivo de militares demócratas Anemoi.


UN DISCURSO PARA LA GUERRA, POR IÑIGO SÁENZ DE UGARTE

04/10/2017

El rey toma partido y lo hace por la derecha en su discurso sobre el conflicto de Cataluña.

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La Zarzuela se ha unido a La Moncloa y Génova en la apuesta total y sin ambages por la mano dura contra la Generalitat en su aventura por la independencia. En una intervención sin precedentes en una monarquía parlamentaria en la que el rey no tiene poderes políticos –ni puede tenerlos en Europa en el siglo XXI–, Felipe VI ha pronunciado un discurso durísimo sin espacio para dar ninguna opción al diálogo con los nacionalistas catalanes en lo que es en la práctica una declaración de guerra a la Generalitat que preside Carles Puigdemont.

Los que confiaban en un llamamiento al diálogo, por genérico que fuera, como forma de solucionar esta crisis tardaron sólo unos segundos en darse cuenta de que no habría tal cosa. El tercer párrafo del texto del discurso cortaba de raíz esa posibilidad: “Con sus decisiones, han vulnerado de manera sistemática las normas aprobadas legal y legítimamente, demostrando una deslealtad inadmisible hacia los poderes del Estado”.

Lo que vino después iba en la misma línea. “Quebrantado los principios democráticos”, “socavado la armonía y la convivencia”, “menospreciado los afectos y los sentimientos de solidaridad”, “poner en riesgo la estabilidad económica y social de toda España”.

El rey es el jefe del Estado y miembro de una dinastía que comenzó a gobernar en España a principios del siglo XVIII tras una guerra que tuvo su epílogo precisamente en Cataluña. Era obvio que Felipe VI estaba obligado a defender con pasión la unidad de España, y por ahí no hay ninguna sorpresa ni decepción. Pero el discurso fue también una apuesta política por una forma concreta de solucionar esta crisis que pasa de forma literal por las posiciones que han expresado el Partido Popular y Ciudadanos.

El rey toma partido y lo hace por la derecha. Sus palabras suponen una enmienda a la totalidad de las posiciones mantenidas por Podemos en esta crisis. En lo que se refiere a una posible negociación, son también un rechazo completo a la petición que hizo Pedro Sánchez a Mariano Rajoy para que dialogue de forma inmediata con Puigdemont.

Lo único que le faltó al monarca fue ordenar la aplicación del artículo 155, la detención de los dirigentes de la Generalitat y la convocatoria de nuevas elecciones en Cataluña. Quizá Rajoy se haya comprometido ya a hacer eso. Si no es así, el presidente del Gobierno ya sabe por dónde respira la monarquía.

Los independentistas caminan hacia la independencia a través de una insurrección política y en la calle. Tenían que contar con esta respuesta y pensarán que les favorece. Habrá que suponer que redoblarán su apuesta en la calle.

Aquellos que creen que policías, fiscales y jueces no pueden solucionar por sí solos problemas políticos graves, o los que estiman que repetir que la ley hay que cumplirla no sirve de mucho si la legitimidad del sistema político está cuestionada, deben saber que hoy el rey les ha repudiado. Su apoyo a la monarquía, o su tolerancia a la presencia de un rey en la jefatura del Estado, se ve sometido desde hoy a una prueba difícil de aceptar.

La confrontación en el conflicto catalán está asegurada y sería estúpido pretender que vaya a limitarse al campo institucional o a los tribunales. Estamos dando pasos hacia un horizonte que nunca pensamos que llegaría. Las escenas violentas que se vieron el domingo no serán las últimas. Cuando se utiliza un lenguaje de guerra, nadie debe sorprenderse de que tenga consecuencias.

El Diario