Juan Carlos de Borbón: el heredero de Franco que impidió una democracia plena en España (II). José Antonio Gómez

13/09/2019

En la primera entrega de este análisis de la trayectoria no oficial de Juan Carlos de Borbón pudimos ver cómo, durante la Transición, se diseñó una democracia a la carta de los intereses del monarca.

Otro de los aspectos turbios del reinado de Juan Carlos fue el 23F, una operación que muchos autores y periodistas han catalogado como un golpe a favor del rey, no con la intención de que cambiar el modelo de Estado. El 23 de febrero no se salvó a la democracia, sino que se rescató a la monarquía. Hay demasiadas evidencias sobre la presunta implicación de Zarzuela en el intento de golpe, pero, de momento y hasta que se desclasifiquen los documentos, seguirán siendo evidencias. Cuando se intenta dar un golpe de Estado, uno de los objetivos principales de los conspiradores es el aislamiento del Jefe de Estado al que se pretende derrocar. Sin embargo, ese día desde Zarzuela se tuvo contacto con el exterior sin ningún problema. Hay que tener en cuenta que la situación política de aquel año 1981 era crítica y la ciudadanía podría rebelarse contra el monarca. Existía una crisis económica ante la que el gobierno de Suárez no podía hacer frente. A esto se sumaba la enorme división en la UCD y la desconfianza entre Juan Carlos de Borbón y el presidente. Para el Jefe del Estado, Suárez era ya una figura amortizada que había cumplido su función en la Transición. La propuesta realizada por el general Armada a Juan Carlos de Borbón en enero de 1981 de un gobierno de concentración encabezado por un general no pareció disgustar a Zarzuela. El que fue durante años uno de los mentores del rey mantuvo reuniones con los diferentes líderes políticos de la época y, evidentemente, Juan Carlos de Borbón era consciente de ello.

Sin embargo, a los españoles se les vendió otra versión: Juan Carlos de Borbón como salvador de la patria, un hecho que le reforzó en su posición. Hay que recordar que, durante el juicio de los golpistas, las defensas de éstos exigieron que el Jefe del Estado compareciera como testigo para que respondiera a las preguntas sobre su implicación en el golpe. Todo el aparato del Estado se movilizó para impedir que Juan Carlos de Borbón acudiera al tribunal. Además, Armada pidió permiso para exponer en el juicio el contenido de una reunión que mantuvieron ambos diez días antes del golpe. El Jefe del Estado no lo permitió. ¿Qué tenía que ocultar?

https://diario16.com/juan-carlos-de-borbon-el-heredero-de-franco-que-impidio-una-democracia-plena-en-espana-ii/

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Del toreo considerado una de las bellas artes. David Torres

09/08/2019

 

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«Me gustan los animales, por eso los mato». Era una frase que decía el difunto Graham Chapman en un número hilarante de los Monty Python sobre un cazador profesional en África. El hombre iba por la selva armado de machetes, varios rifles y un bazooka, arrasando todo lo que encontraba a su paso, exterminando incluso a los mosquitos. Varias décadas después, la frase la ha repetido el diestro Enrique Ponce con una ligera mejora metafísica: «Yo amo al toro, pero tengo que matarlo para que exista». Dicen que los Simpson son el Nostradamus de nuestro tiempo pero no es verdad: tarde o temprano todo se convierte en un chiste profetizado por los Monty Python.

El toro bravo, para cobrar existencia, tiene que morir en la plaza, reventado por un estoque, acogotado a descabellos, para pasmo y deleite del respetable. Animal heideggeriano por excelencia, el toro es un ser-para-la-muerte en cuyo holocausto a pleno sol el torero encuentra su lugar en el mundo. Decía Juncal, aquel matador fracasado interpretado por Paco Rabal, que todo, absolutamente todo, gira alrededor de los toros: los poetas existen para cantar a los toreros, los arquitectos para construir plazas de toros, los músicos para componer pasodobles y las mujeres para amar y admirar a los toreros. El morlaco, evidentemente, no tiene otra razón de ser que su involuntaria contribución al espectáculo, como si su sufrimiento trascendiera hacia una órbita superior y la sangre derramada sobre la arena no fuese más que pintura caída del óleo. «Yo al toro lo veo como un colaborador para mi obra de arte, nunca como un enemigo» dice Ponce. «No hay que enfadarlo, sino ir a favor, moldeando el barro sin llevar una faena preconcebida».

Contemplar a un mamífero superior, con sus terminaciones nerviosas y su sistema límbico, como un trozo de barro que hay que ir «moldeando» (a base de capotazos, de puyazos, de los arpones de las banderillas), expresa perfectamente la falta de empatía, de piedad y de compasión necesarias a la hora de protagonizar y asistir a una corrida de toros. El razonamiento de Ponce -que es el mismo de cualquier aficionado- evoca de inmediato aquella fantástica insensatez proclamada por Karl Heinz Stockhausen, el Papa de la música contemporánea, cuando dijo que el atentado de las Torres Gemelas era «la mayor obra de arte de todos los tiempos: el hecho de que unos tipos se preparen como locos para un solo acto durante años y lo ejecuten una vez y mueran en la ejecución hace que sea algo único». Se lamentaba luego de que ni él ni ningún otro compositor podría hacer algo similar. Como mucho, joderte los oídos o amargarte una tarde.

El disparate de Stockhausen no sólo oculta una enorme ausencia de dolor por las miles de víctimas de la masacre sino también un asombro sin reservas por cierta estética de la destrucción que encuentra su correlato en las ejecuciones públicas medievales, en las intrincadas sesiones de tortura de los verdugos chinos, en el hongo atómico de Hiroshima, en las corridas de toros, en un niño orinando en un hormiguero. Arte -da un poco de vergüenza tener que descender a este nivel semántico- viene de artificio, de artificial, por eso mismo no se puede aplicar el adjetivo «artístico» a un crimen, a un atentado o a la coreografiada parafernalia de la matanza de un toro. No a menos que uno considere aquel glorioso título de De Quincey, Del asesinato considerado como una de las bellas artes, en sentido literal y no irónico.

En cuanto a la penúltima chorrada ontológica de Enrique Ponce, lo de que el toreo pertenece al ADN del pueblo español y que la Historia no se puede cambiar, lo que nos enseña la Historia, desde la abolición de la esclavitud a la igualdad de género, desde la Declaración de los Derechos del Hombre hasta el marcapasos, es precisamente lo contrario. La Historia se va haciendo a base de cambios, de avances, de progresos, y tarde o temprano -más temprano que tarde- la tauromaquia desaparecerá como un vestigio más de la Edad de Piedra.

https://blogs.publico.es/davidtorres/2019/08/08/del-toreo-considerado-una-de-las-bellas-artes/


La inercia de la monarquía española. Javier Pérez Royo

08/08/2019

Felipe VI defiende "trabajo y salario dignos" para los jóvenes

Cuando una magistratura hereditaria penetra en la agenda política de una sociedad democráticamente constituida, el resultado no puede no ser perturbador para el funcionamiento del sistema político. El principio de legitimidad democrática es una regla que no admite excepción. La excepción no puede ser nunca confirmación, sino que es siempre contravención de la regla. Por eso, una magistratura hereditaria no debería existir en el Estado constitucional democrático. Pero, si por razones históricas, sean las que sean, existe, dicha magistratura hereditaria tiene que mantenerse al margen de la política, que es tarea de la que tienen que ocuparse los ciudadanos y las asociaciones por ellos constituidas en ejercicio de su derecho de participación política así como también los órganos constitucionales legitimados democráticamente por el ejercicio del derecho de sufragio.

Esto es lo que ocurre en las monarquías parlamentarias europeas, que se constituyeron como tales en el tránsito del Antiguo Régimen al Estado Constitucional en la primera mitad del siglo XIX, siguiendo el modelo de la monarquía inglesa. Todas las monarquías parlamentarias europeas son anteriores al sufragio universal y se han ido amoldando al advenimiento primero e imposición después de este último. El principio monárquico en cuanto al principio de legitimidad había dejado de estar operativo mucho antes de que el país se constituyera democráticamente y de ahí que no se hayan producido ni se produzcan en esos países tensión alguna entre la Magistratura hereditaria y las magistraturas democráticamente elegidas. La Monarquía, por utilizar la clásica expresión de Bagehot, es una “dignified” y no una “efficient” parte de la Constitución.

En España no ha sido así. La monarquía ha sido definida en nuestro constitucionalismo histórico como “monarquía española”. Desde la Constitución de 1812 en adelante. Y el principio monárquico-constitucional como principio de legitimación del Estado ha permanecido en competición constante con el principio de soberanía nacional/popular, que es el principio de legitimidad propio del Estado Constitucional. No ha habido ninguna Constitución monárquica española anterior a la del 78 en que ambos principios hayan podido convivir: o soberanía nacional (1812, 1837, 1869) o principio monárquico-constitucional (1845 y 1876) o negación del régimen constitucional (Fernando VII).

La Constitución de 1978 es la primera en la que la Monarquía y la Democracia conviven. El principio de legitimidad democrática en el art. 1.2 de la Constitución (CE). La monarquía parlamentaria en el art. 1.3 CE. Pero es una convivencia que tiene como punto de partida no una decisión constituyente del pueblo español, sino una restauración de la monarquía por el general Franco tras la Guerra Civil en que derivó el golpe de Estado contra la Segunda República. La restauración de la monarquía ha precedido a la introducción del principio de legitimidad democrática, algo que no ha ocurrido en ningún otro país europeo.

No es la monarquía lo que es incompatible con la democracia. Es el principio monárquico como principio de legitimidad que entra en competición con el principio democrático. Esto es lo que resulta insoportable. Y esto es lo que ocurre en la “monarquía parlamentaria de la Constitución de 1978”. El rey se considera con legitimidad para intervenir en el proceso político. No lo hace de manera continua, pero sí en los momentos decisivos, que son los que definen la naturaleza de un sistema político. Por eso lo hizo el 3 de octubre. Y por eso lo acaba de hacer esta misma semana, pronunciándose sobre el tema central de la agenda política, que no es otro que la investidura de Pedro Sánchez o la repetición de elecciones.

Poco tiempo le ha faltado al PP para utilizar las palabras del rey como un ariete contra el candidato del PSOE. No creo que Felipe VI las pronunciara para que pudieran ser utilizadas de esa manera, pero una vez que el rey interviene en política, pierde el control de sus palabras, que quedan a disposición de los diferentes actores para hacer uso de ellas a su conveniencia. Por eso, no puede decir nada.

En la monarquía restaurada, herencia del Régimen del general Franco, reaparecen, como cabía esperar, elementos de la vieja monarquía española.

https://www.eldiario.es/zonacritica/inercia-monarquia-espanola_6_928517141.html


Lo dice el ilegítimo jefe del Estado, el tal Felipe VI: «Lo mejor es encontrar una solución antes de ir a elecciones»

05/08/2019

Su “sesuda” reflexión la ha expresado mientras realizaba un duro trabajo (nos referimos al posado que ha protagonizado junto a su familia en el Palacio de Marivent de Palma.

Efectivamente, el ilegítimo jefe del Estado que a todo el mundo se empeña en dar clases de democracia, ha asegurado hoy mismo que «lo mejor es encontrar una solución antes de ir a elecciones», dada la situación de bloqueo político que vive el estado español para la formación de un nuevo gobierno.

La fallida investidura de Pedro Sánchez, el presidente “socialista” del Gobierno español en funciones, ha propiciado que Felipe VI dijera que espera que «haya margen para que los partidos que tienen la confianza de los ciudadanos» después de las últimas elecciones, puedan encontrar una solución. Y, a renglón seguido, ha añadido que si no la encuentran hay otra «dentro de los cauces constitucionales».

Será el próximo 7 de agosto cuando el monarca reciba la visita del “socialista”, “republicano” y “obrero” Pedro Sánchez.

Ya lo ven, trabaja tanto que hasta estando de vacaciones no deja de hacerlo por el bien de todos los españoles y españolas. ¿Que no se lo creen? Nosotr@s tampoco.

 

… ni vergüenza.

Lo dice el ilegítimo jefe del Estado, el tal Felipe VI: «Lo mejor es encontrar una solución antes de ir a elecciones»


La Fundación Franco aplaude al rey por otorgar el título de duquesa a la nieta del dictador

02/08/2019

Carmen Martínez Bordiú, nieta del dictador Francisco Franco. DANIEL PÉREZ / EFE

El tiempo no pasa para María del Carmen Martínez Bordiú, una de las descendientes del dictador Franco. 44 años después de la muerte de su abuelo, esta mujer acaba de cumplir con los últimos trámites necesarios para hacerse con el título de duquesa “con Grandeza de España”, una distinción que aún hoy sigue vigente pese a las promesas del Gobierno de Pedro Sánchez de tratar de impedirlo.

En las oficinas de la Fundación Nacional Francisco Franco (FNFF) lo tienen claro: hay motivos para celebrarlo. Así lo destacó el presidente de esa entidad ultraderechista, el general de división Juan Chicharro Ortega –quien además fue ayudante de campo del Rey Juan Carlos-, en un artículo publicado en la página web de la FNFF.

Primero, lo primero. Chicharro Ortega deja claro que la nieta del dictador se ha convertido en duquesa gracias a la orden emitida en mayo de 2018 por el entonces ministro de Justicia del Gobierno del PP, Rafael Catalá. En aquella orden se indicaba que “de conformidad con lo previsto en el Real Decreto de 27 de mayo de 1912, este Ministerio, en nombre de S.M. el Rey, ha tenido a bien disponer que, previo pago del impuesto correspondiente, se expida, sin perjuicio de tercero de mejor derecho, Real Carta de Sucesión en el título de Duque de Franco, con Grandeza de España, a favor de doña María del Carmen Martínez-Bordiú Franco, por fallecimiento de su madre, doña Carmen Franco Polo”.

La nieta del dictador ha cumplido con tales trámites y, por consiguiente, se ha hecho con el título. “La FNFF se congratula y felicita a doña María del Carmen Martínez-Bordiú Franco”, destaca Chicharro en su escrito, donde también lamenta que “las redes sociales que maneja la izquierda radical” han criticado por este tema al rey, “quien no ha hecho otra cosa que atenerse a la estricta legalidad y cumplir con su deber”.

A su criterio, el “ataque presente contra el Ducado de Franco -implicando a la Corona- no es más que un paso más como ya he expresado en la estrategia general de una izquierda sectaria y revanchista para subvertir el actual sistema político y retrotraernos a una legalidad inexistente: la de 1936”.

“Fiel seguidora de la técnica marxista del uso continuo de la mentira como herramienta política, la izquierda, hoy en el poder, alega que la concesión de este título supone una evidente ‘humillación y menosprecio a las víctimas de la guerra y de la dictadura, incluidas las de las personas desaparecidas forzosamente’. Mentira tras mentira”, critica Chicharro.

“En el fondo lo que nos encontramos es el odio a lo que el Generalísimo Franco representó: la unidad de la Patria, la tradición cristiana de nuestras raíces y la enorme transformación social y económica que España experimentó durante los 40 años de su mandato al frente de la jefatura del Estado”, sostiene.

El presidente de la Fundación Franco aprovecha para advertir que la izquierda tiene a la monarquía como “uno de los objetivos a derribar”. “No lo digo yo. Lo han dicho ellos. No hay peor ciego que el que no quiere ver y, hoy, al atacar a SM el Rey a propósito de la sucesión al título del Ducado de Franco vemos una estrategia clara y diáfana”, apunta.

En ese contexto, subraya que Franco “fue siempre un leal y fiel servidor a la monarquía que en su día encarnó Alfonso XIII y siempre contra toda marea tuvo claro que su sucesor no podía ser nadie más que el heredero legítimo de la dinastía heredera de Alfonso XIII”. “La familia real –subraya- siempre estuvo del lado del Generalísimo Franco: desde el propio Rey Alfonso XIII, su augusta esposa Doña Victoria Eugenia y hasta el propio Don Juan quien como todo el mundo sabe intentó alistarse en las filas del ejército nacional o en la Armada”.

Monarquía gracias a Franco

De hecho, Chicharro deja claro que si actualmente en España hay una monarquía es, precisamente, por obra del dictador. “Esto es pura historia y cualquiera que peine algunas canas sabe que de haber dispuesto Franco otra cosa como, por ejemplo, una República –partidarios no le hubieran faltado, incluso desde el propio Régimen, pues en aquellos tiempos los partidarios de la monarquía cabían en un autobús– así se habría materializado su sucesión”, señala.

No en vano, el presidente de la FNFF remarca que “el Generalísimo quiso que España fuera una monarquía y bien lo dejó expresado en su propio testamento”. Seguido, cita las siguientes palabras del jefe del régimen: “Os pido que rodeéis al Rey Juan Carlos del mismo afecto y lealtad que a mí me habéis demostrado…”.

Subraya también que Franco “decidió que su sucesor fuera el Rey Don Juan Carlos I”. “Sabía el Caudillo que el Rey no podría nunca gobernar como él lo había hecho y esto es algo que todos deberían saber a la hora de juzgar a las personas”, defiende. En esa línea, Chicharro aprovecha la ocasión para transcribir algunos párrafos de los discursos más franquistas del Rey Juan Carlos, disponibles actualmente –sin matices– en el archivo digital de Casa Real.

https://www.publico.es/politica/fundacion-franco-aplaude-rey-otorgar-titulo-duquesa-nieta-dictador.html


El “experimento Stuka” y la verdad imposible. Domingo Sanz

31/07/2019

Acabo de ver en la 2 de TVE el documental “Experimento Stuka” sobre el bombardeo llevado a cabo por la Legión Cóndor contra cuatro pueblos de Castellón en 1938. Murieron 38 personas y hubo mucha destrucción.

El franquismo divulgó la falsedad de que los aviones eran republicanos. Y que a nadie se le ocurriera decir lo contrario. En cambio, Jiménez Losantos, en Libertad Digital gracias a la libertad de verdad incluso para personas como él, puede seguir sosteniendo la misma versión que impuso Franco sin que nadie le acuse de nada.

Después, durante la monarquía, aún vigente, los dos partidos gobernantes, PSOE y PP, instalaron la desmemoria como fórmula rentable de coexistencia, se supone que para que el poder que compartían no se desestabilizara con los trapos sucios de tanta sangre antigua que a muchos políticos de ambos partidos mancharía. Ahí siguen las cunetas, y lo que no son cunetas, como los secretos oficiales guardados bajo siete llaves.

Y hoy, 81 años después, el relator del documental, o mejor narrador para no molestar a los susceptibles más peligrosos, nos cuenta que, por fin, gracias a que se ha demostrado que fueron los alemanes, se han conseguido reconciliar los habitantes de los pueblos bombardeados. Ni republicanos ni franquistas. Incluso se saca una orden escrita por Franco contra el bombardeo de núcleos urbanos. Lo que nos faltaba. Como si Franco no firmara una cosa porque convenía pero ordenara otra en voz baja, precisamente la de ejecutar crímenes contra la humanidad.

Deduzco que, tras 40 años de silencio a la fuerza y otros 40 de olvido cómplice, nos esperan ahora 40 más en los que se buscarán culpables no españoles hasta para el golpe de estado del 18 de julio de 1936. Es probable que dentro de 200 años los libros digan que Franco fue un portugués que intentó conquistar España. Si hoy se insinúa que los alemanes habrían bombardeado igualmente una España sin el gallego golpista en guerra declarada contra la democracia republicana y, como es lógico, mañana se habrán instalado toda clase de mentiras.

Siempre dispuestos a proporcionar soluciones realistas, pido que se forme una coalición entre PSOE y PP para exigir a Merkel que repare los daños ocasionados en España por los nazis de su pasado y, de paso, que nos pague también la factura de la División Azul. Si no lo hacen, comenzaré a divulgar que los de Sánchez y los de Casado son mucho más franquistas de lo que lo disimulan.

El “experimento Stuka” y la verdad imposible


18 de julio. Julián Casanova

18/07/2019

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Desde febrero de 1936 la prensa católica y de extrema derecha incitaban a la rebelión frente al desorden que atribuían al “Gobierno tiránico del Frente Popular”, “enemigo de Dios y de la Iglesia”. La CEDA inició un proceso de acercamiento definitivo a las posiciones autoritarias, que era muy visible desde hacía ya meses en sus juventudes, en el lenguaje y saludo fascista que utilizaban y en los uniformes que vestían.

A partir de la derrota electoral de febrero de 1936, todos captaron el mensaje: había que abandonar las urnas y tomar las armas. El lenguaje integrista, el del “derecho a la rebeldía” al que había apelado ya en un libro de 1934 el canónigo magistral de Salamanca Aniceto Castro Albarrán, el de una rebelión en forma de cruzada patriótica y religiosa contra la República atea, ganó adeptos. Las Juventudes de Acción Popular engrosaban las filas de Falange, alrededor de quince mil afiliados se pasaron de una organización a otra, y Gil Robles secundaba en las Cortes la violencia verbal y antisistema de José Calvo Sotelo.

Pero toda esa ofensiva de las viejas oligarquías servidoras de la Monarquía y de las masas católicas de la CEDA no habría dado los frutos deseados, echar abajo la República y extirpar la amenaza socialista y libertaria, si no hubiera podido contar con las armas de un sector importante del Ejército.

De la organización de la conspiración se encargaron algunos militares de extrema derecha y la Unión Militar Española (UME), una organización semisecreta, antiizquierdista, que incluía a unos cuantos centenares de jefes y oficiales. El 8 de marzo de 1936, Francisco Franco, los generales Mola, Orgaz, Villegas, Fanjul, Rodríguez del Barrio, García de Herrán, Varela, González Carrasco, Ponte, Saliquet y el teniente coronel Valentín Galarza se reunieron en Madrid, en casa de José Delgado, corredor de bolsa y amigo de Gil Robles, “para acordar un alzamiento que restableciera el orden en el interior y el prestigio internacional de España”, según consta en los documentos conservados sobre “la preparación y desarrollo del Alzamiento Nacional”. Y los asistentes mostraron también su acuerdo en que el general Sanjurjo, que vivía entonces en Portugal, encabezara la sublevación.

Los generales que habían de tomar el mando de las fuerzas sublevadas sabían que una buena parte de los oficiales eran partidarios de la rebelión. Pensaban que sólo unos pocos se opondrían. Y la resistencia de los obreros organizados en los sindicatos, que la preveían fuerte en Madrid, Zaragoza, Sevilla y Barcelona, podría ser dominada “enseguida”. Ése era el plan: una sublevación, con toda la violencia necesaria, y un rápido triunfo. Las cosas no salieron así y lo que resultó de esa sublevación fue una larga guerra civil de casi tres años.

A finales de julio, la suerte del golpe militar estaba echada. Había triunfado en casi todo el norte y noroeste de España: en Galicia, León, la vieja Castilla, Oviedo, Álava, Navarra, y en las tres capitales de Aragón; en las Islas Canarias y Baleares, excepto en Menorca; y en amplias zonas de Extremadura y Andalucía, incluidas las ciudades de Cáceres, Cádiz, Sevilla, Córdoba, Granada y, desde el 29 de julio, Huelva. El triunfo obligó a regar con sangre las calles y barrios de la mayoría de esas capitales. Para cortar de raíz las resistencias, los militares sublevados tuvieron que emplearse a fondo. En primer lugar, con sus propios compañeros militares fieles a la República o que se mostraron indecisos ante la sublevación. Aquel movimiento patriótico no podía permitir ninguna oposición. Y los que lo intentaron, lo pagaron, empezando por varios oficiales y jefes pasados por las armas sin dilación ni juicio en Tetuán y Melilla.

No era, por supuesto, la primera vez que los militares intentaban “salvar a la Patria”. Pero la sublevación que en la tarde de aquel 17 de julio iniciaron en Melilla fuerzas del Tercio y Regulares no iba a ser una cualquiera, un mero pronunciamiento como había sucedido tantas veces en la historia contemporánea de España. Después de cinco años de República, de posibilidades de solucionar problemas irresueltos, de tiempos de inestabilidad y movilización política y social, se necesitaba una nueva versión, violenta y definitiva, puesta en marcha ya por los fascismos en otros lugares de Europa, que cerrara la crisis y restaurara, tapándolas de verdad, todas las fracturas abiertas –o agrandadas– por la experiencia republicana.

Si de salvadores se trataba, ahí estaba el general Francisco Franco, que creía, efectivamente, que ésa era su misión, salvar una Patria de la que no deberían formar parte los liberales, los republicanos, los militantes de las organizaciones obreras o los votantes del Frente Popular. Todos ellos eran izquierdistas, rojos, enemigos despreciables, ni más ni menos que las tribus contra las que tantas veces había combatido en África. “Sembrar el terror (…) eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros”, declaraba el 19 de julio el general Mola, otro salvador.

Y ahí residía una de las claves de lo que se avecinaba: aniquilar a quien no pensara igual, “echar al carajo toda esa monserga de derechos del hombre, humanitarismo y filantropía”, según proclamaba ese mismo día uno de sus subordinados, el coronel Marcelino Gavilán, al hacerse cargo por las armas del Gobierno Civil de Burgos. Borrar, en suma, del diccionario de la Lengua las palabras piedad y amnistía, que diría el general Gonzalo Queipo de LLano, el tercero en importancia, muerto Sanjurjo, de ese escalafón de salvadores. Frases para la historia, incitadoras de la violencia, y que Franco le repitió al periodista norteamericano Jay Allen el 28 de julio de 1936, quien, sorprendido por la estatura del general, “asombrosamente pequeña”, sentenció: “Otro enano que quiere ser dictador”.

La sublevación militar de julio de 1936 y la guerra civil que provocó se convirtieron en acontecimientos fundamentales de la dictadura de Franco, de su cultura excluyente, ultranacionalista y represiva.

Ninguna faceta de la vida política y social quedó al margen de esa construcción simbólica de la dictadura. El calendario de fiestas, instaurado oficialmente por una orden de Ramón Serrano Suñer de 9 de marzo de 1940, aunque algunas de ellas habían comenzado a celebrarse desde el comienzo de la guerra civil en el territorio ocupado por los militares rebeldes, resumía la voluntad y universo conmemorativos de los vencedores.

Se restauraron, en primer lugar, las fiestas religiosas suprimidas por la República, desde la Epifanía a la Navidad. Junto a las religiosas, se subrayaban las de carácter tradicional de “la verdadera España” –el Dos de Mayo y el 12 de octubre-. Pero las que definían ese nuevo universo simbólico de la dictadura eran las creadas para celebrar los nuevos valores e ideas puestos en marcha con el golpe de Estado y la guerra: el 1 de abril, “Día de la Victoria”; el 1 de octubre, “Día del Caudillo”; el 20 de noviembre, para recordar el fusilamiento del líder falangista José Antonio Primo de Rivera; y sobre todas las demás, el 18 de julio, “Día del Alzamiento”.

El 18 de julio fue el origen de la versión maniquea y manipuladora que la dictadura de Franco, apoyada por la Iglesia, transmitió de la guerra, del “plebiscito armado”: que el “Movimiento Nacional” encarnaba las virtudes de la mejor tradición cristina y el Gobierno republicano todos los vicios inherentes al comunismo ruso. Además de insistir en el bulo de que el “alzamiento militar” había frenado una revolución comunista planeada a fecha fija y de ofrecer la típica apología del orden, la tranquilidad y la justicia.

Fue la fiesta nacional durante casi cuarenta años. La conmemoración de un golpe de Estado que provocó una guerra civil como fiesta nacional. Con ese pasado, no es extraño que no haya un acuerdo sobre qué fiesta nacional celebrar en la democracia. Para unos, el 6 de diciembre, día de la Constitución; para otros, el 12 de octubre, que recuerda a Ramiro de Maeztu, la Hispanidad, la Raza Española, la Guardia Civil, la Virgen del Pilar. Y después están las fiestas autonómicas y regionales: unos celebrando viejos levantamientos comuneros o contra los Austrias, otros la opresión borbónica, otros con sus recuerdos patrióticos. Y todos inventando fiestas y tradiciones.Cosas de nuestra historia.

https://www.infolibre.es/noticias/opinion/columnas/2019/07/18/18_julio_97032_1023.html