República y futuro

El reto que la realidad nos impone a cuantos creemos y confiamos en una España republicana es, precisamente, cómo trasladar a la vida política y social el ideario republicano; cómo provocar una simbiosis perfecta entre la sociedad civil y los valores republicanos que la deben definir y otorgar sentido ético y práctico; cómo, por concretarlo con mayor precisión, hemos de involucrarnos todos en la construcción de una sociedad nueva que haga de los valores del republicanismo su soporte pero que, a la vez, nos convierta en ciudadanos libres e iguales en el terreno de la realidad y no en el de las intenciones plasmadas en textos constitucionales sin alma. En este viaje no hemos de imitar modelos aunque sí mirar hacia los lados. Hemos de aprender de la Historia, hemos de mirarnos en nuestro pasado para aprender y, sobre todo, para evitar los errores que entorpecen el progreso de nuestro pueblo. Pero el pasado no ha de ser refugio permanente de nuestra inoperancia ni coartada de nuestras limitaciones. Solo ha de ser instrumento en nuestras manos para construir el futuro que demanda y merece la sociedad a la que, como ciudadanos, nos debemos.

Nuestra gran desolación, constatable en la cotidiana observación, consiste en convivir con la eterna contradicción existente entre nuestros consolidados principios y su grado de recepción social, su calado entre nuestras gentes. Es más, lo que creemos terreno ganado ¿es realmente un terreno abonado para la causa republicana?. Acaso ¿pueden llegar a deslumbrarnos nuestras propias valoraciones?. Nuestras percepciones de una realidad social en la que estamos inmersos ¿responden a nuestra proyección política?. Miles pueden y deben ser las preguntas que hemos de formularnos que nos obligarán a buscar y encontrar soluciones. En lógica contraposición, hemos de evitar el tremendo error de fabricar soluciones sin formularnos antes las preguntas.

Lo hasta ahora dicho me da pie para plantear la cuestión de fondo: si mañana, o el mes que viene, España se levanta republicana, a partir de ahí ¿qué hacemos?. Puede alguien afirmar “¡pregunta trucada!” porque si España amanece republicana será por algo. Bien, analicemos ese algo. ¿Hemos sido nosotros, los republicanos, los impulsores del cambio?. Acaso ¿una marea ciudadana incontrolada ávida de transformaciones sociales?, o ¿quizás esas fuerzas políticas hasta hace dos días indiferentes, cuando no beligerantes, con la República.? ¿Pueden haber sido también los que, simplemente, ya no encuentran en la monarquía su valedor.? ¿Puede, por último, ser por confluencia de todas las causas posibles o por su ausencia, de causas y de confluencia?. Esta reflexión de Perogrullo me lleva a formularme esta pregunta: La República, ¿es un fin o debe ser el pretexto para, a partir del pronunciamiento republicano construir la República?.

Que nadie se engañe. La construcción de la República es un proceso que trascenderá a generaciones futuras. El fin ¿cuál es?: evidentemente, el logro, mantenimiento y progresividad de una Sociedad libre y laica de ciudadanos libres, iguales y fraternales que, para ello, aplica el principio de radicalidad democrática. Bien, muchas veces hemos teorizado sobre este enunciado o sobre otros parecidos. La República ha de descansar, además de en sus valores aplicados desde la radicalidad democrática, en una eficaz separación de poderes y en una irrenunciable, eficiente y progresiva involucración ciudadana en la planificación, práctica diaria, decisión y control de la política e instituciones. Ahora, considerando ahora como un “perpetuo ahora”, se trata de desentrañar, de desmenuzar esto que defendemos para que cuaje en una sociedad expectante. ¿Qué falla para que las grandes miserias que corroen la actual política española no incentive a una ciudadanía adormecida a la toma del control de la situación o, al menos, a manifestar una rebeldía creciente?. De entre las posibles respuestas se me antoja una como determinante: La carencia de educación democrática. En efecto, unos por falta de voluntad y otros por no saber cómo hacerlo, a nadie ha interesado acometer la solución de lo que es un grave problema porque cuestiona a la propia democracia. La perversidad del sistema nos ha obligado a desprendernos de nuestras capacidades y poderes para delegarlos de manera incondicional e irresponsable, no a nuestros intangibles no localizables elegidos, sino a quienes nos vienen impuestos por unos lobbies llamados partidos mayoritarios que, además, son los artífices y beneficiarios de la situación. Una sociedad educada en democracia es una sociedad en la que cada uno de sus ciudadanos es consciente de que los demás necesitan de su capacidad, de su opinión, de su trabajo y de su decisión y que, solo por ello, se siente responsable y obligado, y la Ley le obliga, a regalar sin condiciones su capacidad, su opinión, su trabajo y su decisión a la sociedad civil en construcción. Una sociedad educada en democracia fabrica ciudadanos para la República, nunca votantes. La opinión de los ciudadanos se eleva a rango de Ley porque deriva, consecuentemente, en la decisión de los ciudadanos. La condición de ciudadano, pues, no es solo un compendio de derechos civiles; lo que mejor define al ciudadano es su obligada pero entusiasta aportación al bien común, a la República. La representación no es más que eso, representación, una manera de transmitir, y nunca suplantar, la delegación depositada. Educación ciudadana supone un ejercicio permanente de control y capacidad de remoción sobre instituciones, administraciones y representantes; es hacer del pleno ejercicio de nuestra ciudadanía el logro de la República. Por ello, cualquier avance, desde la perspectiva republicana, ha de venir de la mano de la educación para la democracia.

Confirmo, ahora de manera más rotunda, lo dicho. La proclamación de la República ha de ser inicio de un proceso sin fin de formación de ciudadanos responsables y libres para la construcción de una Sociedad libre, laica e igualitaria. De poco valdría a nadie proclamar una República sin ciudadanos conscientes de que lo son. Los valores republicanos no valen nada mientras los individuos no seamos ciudadanos.

Una actual estrategia republicana coherente con las necesidades de nuestra sociedad debería abordar, entre otros, los retos apuntados. Como objetivo inmediato se nos presenta la propia proclamación de la República. Para ello, habremos de buscar y cohesionar alianzas pero con protagonismo republicano. El republicanismo no puede quedar desplazado ni en la proclamación ni, mucho menos, en la construcción de la República. ¡Miremos a la Historia!. Pero como preámbulo de este primer objetivo, casi ni queremos hablar nadie de ello, tropezamos, todos, con un muro insalvable ya apuntado: Socialistas, comunistas, republicanos, organizaciones en general interesadas en superar el capitalismo salvaje que sustenta el actual sistema monárquico-corrupto, no acertamos a la hora de movilizar a la población e involucrarla en la precipitación de los acontecimientos. ¿Falta de confianza?, ¿no sabemos transmitir un mensaje ilusionante?. Acaso ¿ya no hay cabida para mensajes ilusionantes? o, los mensajes ilusionantes ¿encuentran cobijo solo en construcciones nacionales?; si es así, aprendamos de los proyectos secesionistas. Sea lo que sea, nadie damos con la clave de este angustioso problema.

Como siempre, el propósito de mis reflexiones no es otro que sembrar interrogantes que nos animen a buscar y encontrar respuestas válidas para la edificación de la República.

José Mª Lafora

 

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