Educación y religión

El Artículo 26.1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos expone que “La educación tendrá como objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana y el fortalecimiento del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales; favorecerá la comprensión, la tolerancia y la amistad entre todas las naciones y todos los grupos étnicos o religiosos; y promoverá el desarrollo de las actividades de las Naciones Unidas para el mantenimiento de la paz”. r

Con esta disposición la Carta Magna pretende preservar a los pueblos y a los ciudadanos del mundo de los peligros de los fundamentalismos ideológicos y religiosos que enfrentan a las comunidades humanas con diferente credo o religión. Pretende defender una educación tolerante y libre, en la que los totalitarismos antidemocráticos que propugnan las religiones no tengan cabida en las sociedades educadas en el respeto al pluralismo y a la diversidad humana.

En pleno siglo XXI, somos ya muchos los ciudadanos que defendemos la asepsia confesional, luego ideológica, en la enseñanza. El conocimiento, tanto científico como humanista, solo tiene cabida en el marco de la imparcialidad intelectual y de la razón. Cualquier dogma religioso, por estar basado en “verdades reveladas” o míticas, es del todo incompatible con la búsqueda del conocimiento que debe regir una educación integral, racional e igualitaria. Lo contrario no es educación, sino adoctrinamiento, que en realidad aleja al alumno de la capacidad analítica y crítica que prima siempre en cualquier inquietud intelectual, y además le acerca a posiciones ideológicas excluyentes, intolerantes y muy alejadas del respeto real a los derechos humanos más básicos.

Pues bien, dando por hecho estas premisas fundamentales que se llevan reivindicando desde hace siglos desde ámbitos del saber y la cultura, en la España democrática del siglo XXI el adoctrinamiento religioso sigue estando presente en la enseñanza. Y no sólo eso. Una sentencia de la Sala de lo Social del Tribunal Supremo acaba de confirmar que el profesorado de Religión (que no pasa por las pruebas de selección que el resto de profesores, es decir, no opositan) podrá ostentar puestos directivos en los centros de toda España.

Es decir, los profesores de religión, quienes, repito, no opositan (ignoro el motivo de tan injusto privilegio del que no goza el resto de los mortales), podrán imponer sus criterios en la gestión de los centros educativos públicos españoles, en virtud de los cargos directivos que podrán ostentar a partir de ahora. Y no es que yo tenga nada contra ellos; muy al contrario, respeto absolutamente el derecho de cualquiera a tener las creencias trascendentes que cada quien elija. Pero dudo muy mucho que adeptos a religiones sean capaces de gestionar un centro educativo con la debida visión democrática e imparcial que debe regir todo acto pedagógico.

Las familias que pretendan educar a los hijos en sus propias creencias pueden hacerlo en el ámbito familiar, en las iglesias, catequesis, y en los colegios religiosos privados (que no concertados, por ser financiados con dinero público). Los ámbitos públicos, y esto es lo más importante, deben ser laicos, es decir, libres de ideología y confesión religiosa; caso contrario nunca podremos hablar de democracia, sino de teocracia. E impregnar los centros educativos públicos con los idearios de cualquier creencia religiosa o mágica es, sin duda, un gran paso atrás que nos retrotrae a siglos pasados en los que la educación ha sido monopolio exclusivo de la Iglesia.

Me viene a la mente, a este respecto, una anécdota periodística que acaeció en una entrevista que hizo el diario El Mundo al científico ateo inglés Richard Dawkins el 7 de febrero de 2009. Dawkins hablaba de la enorme importancia de excluir de la enseñanza el adoctrinamiento religioso, de sustentar la educación en la razón y en la verdad científica y despojarla de todo atisbo de irracionalidad.

Ante sus críticas a las religiones el periodista le preguntó irónicamente si su hija había sido adoctrinada por el propio científico en el ateísmo. Dawkins contestó, lógicamente molesto por la intromisión en su vida privada, que él respeta mucho la independencia ideológica de su hija, y que su única actuación al respecto había sido una carta que le escribió cuando tenía 10 años. En esa carta simplemente le animaba a “pensar por sí misma”. Esa es la base de todo conocimiento que las religiones, con sus dogmas, niegan por sistema. Muy mal vamos si los centros educativos públicos van a ser gestionados por personas que anteponen sus creencias dogmáticas personales al saber y a la búsqueda de la verdad.

Coral Bravo es Doctora en Filología y miembro de Europa Laica

http://www.elplural.com/opinion/detail.php?id=55164

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