REPUBLICANISMO Y RELIGIÓN

Si bien la teoría política en torno al republicanismo se acuña en la antigua Grecia y en la antigua Roma, es con la Ilustración cuando el concepto República alcanza su significado moderno en contraposición a lo que en el siglo XVIII representaba el “Antiguo Régimen”. Por un lado, el “Antiguo Régimen” consistía en la pervivencia, sacralización y permanencia de valores basados en relaciones económicas de vasallaje en las que la población era tan solo el instrumento por el cual se creaba riqueza para los amos. Imponer una esclavitud permanente, pues, requería de una configuración política en la que sobresalían, como pilares fundamentales, las monarquías como garantes de los privilegios. La monarquía (que heredaba su poder de dios), a su vez, imponía su autoridad a través de instrumentos tales como la religión, el Derecho, la fuerza, la cultura (o su carencia), etc. Pero, para entender el derrumbe del “Antiguo Régimen” es preciso adentrarse en el proceso: Se deriva desde simples relaciones feudales de vasallaje que germinan en los albores de la Alta Edad Media, relaciones en las que predomina el señorío como célula de producción y dominio básica, pasando por la Baja Edad Media en la que las tensiones de los señores entre ellos y de ellos con las múltiples monarquías locales o semilocales van dando paso a la paulatina consolidación del poder real descansando en estructuras estatales incipientes pero cada vez más consolidadas, avanzando unidireccionalmente hacia la plenitud del poder real, al poder absoluto plasmado en “L’etat c’est moi” de Luis XIV, ya en el siglo XVIII.

 

Un periplo histórico como el brevemente apuntado, inevitablemente, tenía que dar paso a otra manera de ver el Mundo. Como pasa en cualquier proceso histórico las cosas no se explican por un solo factor, ni por dos, ni por cien. Es la conjunción de incontables aspectos que se interrelacionan, la confluencia de procesos históricos parciales, lo que explica la eclosión de un fenómeno o de un Proceso General. Un error muy común entre muchos de los historiadores modernos es simplificar al máximo otorgando un motivo, o pocos más, a los grandes cambios históricos. En el caso que ahora nos ocupa, es muy común otorgar protagonismo a la corrupción del poder monárquico como factor determinante del derrumbe de las viejas estructuras. Sin embargo confluyen otros aspectos, cada uno con su “velocidad histórica” que, de no haberse desarrollado, hoy estaríamos hablando de realidades muy distintas. Así, cobran importancia relevante las actitudes (heroicas en su momento) de personajes como Descartes, Galileo, Miguel Servet, etc… que ponen las bases, jugándose el propio pellejo, del “método científico de pensamiento”. La Tierra ya no es el centro del universo. Las teorías heliocéntricas empiezan a cuestionar lo que hasta el momento había sido dogma de fe. Dios ya no es el eje del Mundo sino que es el ser humano quien toma su lugar. La Ilustración no es un movimiento espontáneo, es la plasmación del triunfo de la razón sobre el oscurantismo secular. Se abre paso el razonamiento como arma contra la opresión. Franklin, Voltaire, Diderot, D’Alembert, Rousseau, Newton, Bayle, etc…  son solo exponentes, de lujo pero exponentes,  de lo que se cuece a nivel popular. La calle, los sans culotte, hablan un idioma y el poder real otro. Al lado de estos factores, los procesos emancipadores de las colonias cobran un protagonismo de primer órden pues no solo socavan el poder de las metrópolis y, por ello, sus ancestrales fundamentos sino que, consecuentemente, la libertad, la razón, el librepensamiento, los derechos de la ciudadanía y de la persona, etc.,  se convierten en banderas de las nuevas estructuras. Se hace necesaria e inevitable la revolución como instrumento para consolidar los cambios. La Revolución francesa, que en muchos aspectos sobrepasa las intenciones y las previsiones de los intelectuales de la Ilustración, pone las bases del “Mundo Moderno”, de nuestro Mundo. Es lo que llamamos “valores del republicanismo”: Libertad, Igualdad y Fraternidad, valores que, en el siglo XIX y buena parte del XX, buscan una consolidación pragmática mediante, por un lado, el desarrollo teórico de una pléyade de científicos e intelectuales como Darwin, Engels, Marx, Marcuse, Cajal, Giner de los Ríos, Sartre, Ortega, etc…y, por otro, mediante la toma de contacto de la ciudadanía y del individuo con la nueva realidad y su consiguiente y paulatina imposición. Un proceso, sangriento en buena parte de estos dos siglos, que confronta de una manera directa y total, los nuevos aires del liberalismo progresista con la reacción antiliberal. El Republicanismo, pues, comporta el triunfo de la razón, es decir, el encumbramiento del individuo como expresión máxima de la autonomía y la dignidad humana (ciudadanía) y, consecuentemente, la plenitud del espacio público como colofón de la aportación de la ciudadanía al bien común. El ejercicio de la libertad individual va parejo a la consolidación de la igualdad pues sin una es imposible que exista la otra. La conjunción social de ambos conceptos supone, debe suponer en el terreno práctico una total participación del individuo en la política, en la construcción del “espacio público”. La fraternidad, por fin, supondría la universalización de ambos principios y, a la vez, garantía de su pervivencia y evolución No es momento, de todas formas, de entrar en el análisis semántico de estos conceptos pues la Historia reciente nos desvela la cantidad de interpretaciones sesgadas, que se producen, tantas como conveniencias oportunistas.

 

Sería bueno, ahora, resaltar la multitud de apellidos que se le han añadido al concepto República: República protestante (p. ej. de los Paises Bajos), República católica (de Irlanda), República Islámica (de Irán), República Popular, Democrática, Socialista, etc…… Hay repúblicas que, en la práctica, son monarquías hereditarias que ligan el poder a una familia (Siria) como ha habido, hay y habrá repúblicas que cobijan poderes dictatoriales, genocidas y corruptos. Por ello conviene, más que nunca, acudir al purismo conceptual y afirmar y proclamar que la República por la que luchamos es la que alberga celosamente los valores del Republicanismo llevados hasta sus últimas consecuencias en cuanto a contenido. Si asimilamos esto, sobran y sobrarán los apellidos a que me he referido antes (recordemos cómo los ejemplos de Repúblicas Socialistas que han existido, se autoproclamaban portadoras de los valores de la Ilustración). Sería bueno introducirnos en un debate para analizar y discutir sobre estos contenidos, cosa que ahora está fuera del propósito del enunciado.

 

Por lo dicho hasta ahora, cabe deducir que los enemigos del republicanismo son enemigos del hombre, del ciudadano como depositario de derechos, de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad. Por lo tanto, lo irracional, todo lo que se fundamente en fe y no en razón, inevitablemente será beligerante con el republicanismo. El autoritarismo, el dogmatismo, la represión ideológica, los dioses y sus lacayos, sus libros revelados, etc… serán las armas que la reacción emplee en la contienda.

 

Es aquí donde se abre paso el concepto “laicismo”. Puesto que la plenitud democrática está en relación directa con las libertades individuales y con la involucración de los ciudadanos en la vida pública lógico es pensar que lo público ha de ser espacio de todos, un marco común de convivencia, un ágora perpetuo de circulación de savia política que construya y fortalezca el  “bien común”. No hay espacio, pues, en lo público, para lo que no supone, por irracional, aporte al edificio común. Ojo aquí porque las maneras de ver este asunto son miles. Hay incluso, organizaciones llamadas laicas que propugnan que el laicismo consiste precisamente en garantizar la convivencia e igualdad de trato desde lo público de todas las religiones. ¡Qué barbaridad! Es como si el Ministerio del Interior, para luchar contra la delincuencia, subvencionara con dinero público a narcos, a skin Heads, a Latin Kings y a la mafia rusa.

 

Las religiones, pues, han de quedar en el ámbito privado. Tan solo ocuparán espacio público para hacer valer sus derechos como ciudadanos. Pero no han de intervenir, como tales, en lo que pertenece al debate político, al ejercicio de la razón. Es decir, el Estado garantizará el derecho de expresión, reunión, manifestación, etc de las organizaciones religiosas pero velará porque su financiación sea exclusivamente interna y privada y porque su influencia no vulnere los principios de convivencia que son espacio común.

 

Por lo tanto, desde el punto de vista que estamos analizando la religión, los republicanos, los que nos identificamos con los valores del republicanismo no hemos de combatir la religión en el aspecto formal sino en el moral, en su esencia. Hemos de garantizar su derecho a existir pero hemos de combatir lo que de su existencia se destila hacia lo público. Hemos, en fin, de evitar que ella nos destruya. La lucha dialéctica con la religión, con su esencia,  con su incursión en lo público, muy saludable por cierto, ha de plantearse en todo lugar y momento. Porque, entre otras cosas, recordad que se trata de gente poseedora de la verdad. Poseen la verdad y no admiten réplica en tal sentido. La moral, para ellos, es la moral religiosa. Para los católicos solo existe una moral, la católica. Ni siquiera la llaman católica sino solo moral. Igualmente solo hay un modelo de familia, etc… Lo que no sea lo suyo, simplemente no es. Terminaré citando una frase clarificadora de esto últimamente comentado. Se trata del libro “Una nueva laicidad” de Angelo Scola, Patriarca católico de Venecia. En dicho libro afirma: “El Estado laico, la Sociedad laica, no puede producir ciudadanos morales”. Ahí queda eso.

 

Os prometo facilitaros en breve una bibliografía básica en torno a

–          Conocimiento del hecho religioso

–          Desmantelamiento de la trama ideológica de las religiones

–          Laicismo

–          Educación laica

–          Ateismo

 

Son, como veis, distintos frentes abiertos. De momento os recomendaría, por lo contundente y a la vez ameno, dos libros de Pepe Rodríguez:

“Mentiras fundamentales de la iglesia católica”.- Ediciones B (Grupo Zeta) y

“ Los pésimos ejemplos de dios”.- Ediciones Temas de Hoy

 

 

Noviembre de 2.010

 

José Mª Lafora

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